miércoles, 7 de octubre de 2009

La misma Mancha

A propósito de las polémicas que han escenificado los congresistas dominicanos durante las asambleas de reforma constitucional, en el Congreso de la República Dominicana, sobre temas como el aborto, limitaciones de asceso a playas, rios y costas, entre otros. Creemos muy oportuno poner a consideración de todos el cuento escrito por el Prof. Juan Bosch, titulado ¨La mancha indeleble¨ además, el excelente análisis del mismo realizado por el Dr. Angel R. Villarini Jusino en el libro ¨Cuentos y valores¨(Cuentos de Juan Bosch para fomentar el desarrollo de la conciencia moral y ética) Editora Amigo del Hogar, 2005.

La mancha indeleble
[Cuento. Texto completo]
Juan Bosch

Todos los que habían cruzado la puerta antes que yo habían entregado sus cabezas, y yo las veía colocadas en una larga hilera de vitrinas que estaban adosadas a la pared de enfrente. Seguramente en esas vitrinas no entraba aire contaminado, pues las cabezas se conservaban en forma admirable, casi como si estuvieran vivas, aunque les faltaba el flujo de la sangre bajo la piel. Debo confesar que el espectáculo me produjo un miedo súbito e intenso. Durante cierto tiempo me sentí paralizado por el terror. Pero era el caso que aún incapacitado para pensar y para actuar, yo estaba allí: había pasado el umbral y tenía que entregar mi cabeza. Nadie podría evitarme esa macabra experiencia.

La situación era en verdad aterradora. Parecía que no había distancia entre la vida que había dejado atrás, del otro lado de la puerta, y la que iba a iniciar en ese momento. Físicamente, la distancia sería de tres metros, tal vez de cuatro. Sin embargo lo que veía indicaba que la separación entre lo que fui y lo que sería no podía medirse en términos humanos.

-Entregue su cabeza -dijo una voz suave. -¿La mía? -pregunté, con tanto miedo que a duras penas me oía a mí mismo.

-Claro -¿Cuál va a ser? A pesar de que no era autoritaria, la voz llenaba todo el salón y resonaba entre las paredes, que se cubrían con lujosos tapices. Yo no podía saber de dónde salía. Tenía la impresión de que todo lo que veía estaba hablando a un tiempo: el piso de mármol negro y blanco, la alfombra roja que iba de la escalinata a la gran mesa del recibidor, y la alfombra similar que cruzaba a todo lo largo por el centro; las grandes columnas de mayólica, las cornisas de cubos dorados, las dos enormes lámparas colgantes de cristal de Bohemia. Sólo sabía a ciencia cierta que ninguna de las innumerables cabezas de las vitrinas había emitido el menor sonido.

Tal vez con el deseo inconsciente de ganar tiempo, pregunté. -¿Y cómo me la quito? -Sujétela fuertemente con las dos manos, apoyando los pulgares en las curvas de la quijada; tire hacia arriba y verá con qué facilidad sale. Colóquela después sobre la mesa. Si se hubiera tratado de una pesadilla me habría explicado la orden y mi situación. Pero no era una pesadilla. Eso estaba sucediéndome en pleno estado de lucidez, mientras me hallaba de pie y solitario en medio de un lujoso salón. No se veía una silla, y como temblaba de arriba abajo debido al frío mortal que se había desatado en mis venas, necesitaba sentarme o agarrarme de algo. Al fin apoyé las dos manos en la mesa. -¿No ha oído o no ha comprendido? -dijo la voz. Ya dije que la voz no era autoritaria sino suave. Tal vez por eso me parecía tan terrible.

Resulta aterrador oír la orden de quitarse la cabeza dicha con tono normal, más bien tranquilo. Estaba seguro de que el dueño de esa voz había repetido la orden tantas veces que ya no le daba la menor importancia a lo que decía. Al fin logré hablar. -Sí, he oído y he comprendido -dije-. Pero no puedo despojarme de mi cabeza así como así. Deme algún tiempo para pensarlo. Comprenda que ella está llena de mis ideas, de mis recuerdos. Es el resumen de mi propia vida. Además, si me quedo sin ella, ¿con qué voy a pensar? La parrafada no me salió de golpe. Me ahogaba. Dos veces tuve que parar para tomar aire. Callé, y me pareció que la voz emitía un ligero gruñido, como de risa burlona. -Aquí no tiene que pensar. Pensaremos por usted. En cuanto a sus recuerdos, no va a necesitarlos más: va a empezar una nueva vida. -¿Vida sin relación conmigo mismo, si mis ideas, sin emociones propias? -pregunté. Instintivamente miré hacia la puerta por donde había entrado. Estaba cerrada. Volví los ojos a los dos extremos del gran salón. Había también puertas en esos extremos, pero ninguna estaba abierta. El espacio era largo y de techo alto, lo cual me hizo sentirme tan desamparado como un niño perdido en una gran ciudad. No había la menor señal de vida. Sólo yo me hallaba en ese salón imponente. Peor aún: estábamos la voz y yo. Pero la voz no era humana, no podía relacionarse con un ser de carne y hueso. Me hallaba bajo la impresión de que miles de ojos malignos, también sin vida, estaban mirándome desde las paredes, y de que millones de seres minúsculos e invisibles acechaban mi pensamiento. -Por favor, no nos haga perder tiempo, que hay otros en turno -dijo la voz. No es fácil explicar lo que esas palabras significaron para mí. Sentí que alguien iba a entrar, que ya no estaría más tiempo solo, y volví la cara hacia la puerta. No me había equivocado; una mano sujetaba el borde de la gran hoja de madera brillante y la empujaba hacia adentro, y un pie se posaba en el umbral. Por la abertura de la puerta se advertía que afuera había poca luz. Sin duda era la hora indecisa entre el día que muere y la que todavía no ha cerrado. En medio de mi terror actué como un autómata. Me lancé impetuosamente hacia la puerta, empujé al que entraba y salté a la calle. Me di cuenta de que alguna gente se alarmó al verme correr; tal vez pensaron que había robado o había sido sorprendido en el momento de robar. Comprendía que llevaba el rostro pálido y los ojos desorbitados, y de haber habido por allí un policía, me hubiera perseguido. De todas maneras, no me importaba. Mi necesidad de huir era imperiosa, y huía como loco. Durante una semana no me atreví a salir de casa. Oía día y noche la voz y veía en todas partes los millares de ojos sin vida y los centenares de cabezas sin cuerpo. Pero en la octava noche, aliviado de mi miedo, me arriesgué a ir a la esquina, a un cafetucho de mala muerte, visitado siempre por gente extraña. Al lado de la mesa que ocupé había otra vacía. A poco, dos hombres se sentaron en ella. Uno tenía los ojos sombríos; me miró con intensidad y luego dijo al otro: -Ese fue el que huyó después que estaba... Yo tomaba en ese momento una taza de café. Me temblaron las manos con tanta violencia que un poco de la bebida se me derramó en la camisa. Mi mal es que no tengo otra camisa ni manera de adquirir una nueva. Mientras me esfuerzo en hacer desaparecer la mancha oigo sin cesar las últimas palabras del hombre de los ojos sombríos: -Después que ya estaba inscrito. El miedo me hace sudar frío. Y yo sé que no podré librarme de este miedo; que lo sentiré ante cualquier desconocido. Pues en verdad ignoro si los dos hombres eran miembros o eran enemigos del Partido. Ahora estoy en casa, tratando de lavar la camisa. Para el caso, he usado jabón, cepillo y un producto químico especial que hallé en el baño. La mancha no se va. Está ahí, indeleble. Al contrario, me parece que a cada esfuerzo por borrarla se destaca más.

FIN

Análisis y comentario ¨El cuento trata de una persona que al principio parece que está soñando, pero que en verdad está pensando. El personaje debate en su pensamiento si debe o no ingresar a un partido político. No queda claro por qué tiene que hacerlo; tal parece que la presión pública o política de la comunidad en la que vive hace que le convenga. Él tiene dudas de hacerlo porque sabe que al pasar la puerta para ingresar al partido debe entregar ¨libremente¨su cabeza, es decir, su libertad de pensamiento o conciencia. Esto implica que el ingreso al partido lo obligará en lo adelante a pensar con la cabeza del partido, no con la propia. El personaje rehúsa firmar su ingreso, pero no lo hace en forma plenamente consciente, más bien por impulso o miedo, en forma automática. Por eso el miedo lo sigue acechando. Además, queda marcado con una mancha por su comunidad como el que no quiso ingresar al partido, y por ello tiene miedo.

El hombre nos inspira compasión, pues está atrapado en un dilema, desgarrado por dos miedos: el de perder la estima social o la de la de los que tienen el poder político y quedar marcado o el de perder su libertad de pensamiento o conciencia. Debe escoger entre la ¨seguridad¨que puede brindarle estar bajo la cabeza del partido y la ¨libertad de pensamiento¨al estar fuera de él. Salva su libertad de pensamiento sólo hasta cierto punto porque está lleno de miedo. Por eso no se atreve a salir de su casa, por eso al quedar manchado por el que lo vio correr no puede sacarse la mancha, es decir, el miedo de estar marcado, fichado.

La libertad de pensamiento es la posibilidad subjetiva, que necesita ser garantizada socialmente para interpretar la realidad, plantear y solucionar problemas, juzgar y tomar decisiones de acuerdo a nuestra propia experiencia y las ideas, criterios y valores que libremente nos damos. Ante el dilema de tener que escoger entre la seguridad y la libertad, el personaje no parece encontrar una salida y actúa impulsivamente: sale corriendo.

La libertad de conciencia o pensamiento es un derecho humano fundamental porque es una condición de nuestra plena humanidad, de nuestra dignidad. Gracias a la libertad de pensamiento o conciencia somos libres, autónomos, es decir, estamos en control de nuestras propias vidas. Gracias a la libertad de pensamiento no somos autómatas programados por alguien que nos lavó el cerebro. Cuando entregamos o rendimos nuestra conciencia, como ocurre en el fanatismo religioso, político o de cualquier otro tipo, nos ¨robotizamos¨, perdemos nuestra libertad; dejamos de estar en control de nuestras propias vidas. Entendemos que la valentía es una cualidad que expresa una forma conciente de ser frente a peligros y dificultades caracterizada por el ser fuerte, no doblegarse, ante los miedos y dudas que asaltan. La valentía significa permanecer esforzado en la defensa de algo valioso, aun a costa de la propia vida.

Podemos entonces decir que el personaje hasta cierto punto fue valiente, porque contrario a lo que quizá haría la mayoría él rehusó ingresar al partido. Ser valiente no es no tener miedo, sino vencerlo. Él lo logra hasta cierto punto y salva su cabeza, su libertad de pensamiento. Pero no del todo porque siente mucho miedo. Por eso no podemos ver las cosas en términos de negro y blanco, sino grises: el personaje no es ciento por ciento valiente, porque no vence el miedo totalmente; está en lucha. La valentía se da en grados: muy valiente, algo valiente, poco valiente, cobarde. Ese grado está condicionado, como en este caso por factopres sociales. Es mucho más fácil hablar, actuar con valentía en favor del libre pensamiento en una sociedad democrática en la cual tal vez podemos perder el empleo que una dictadura donde puede perderse la vida.

Este cuento es una denuncia al ¨partidismo¨y la ¨partidocracia¨que padecen nuestros países; para el partidismo, hacerse miembro de un partido es convertirse en un fanático que deja de pensar por cuenta propia. Aclaramos que ¨partidismo¨no es lo mismo que pertenecer a un partido por un acto voluntario y de conciencia. Lo malo no es pertenecer a un partido; lo malo es hacerlo bajo presión y entregar la conciencia, dejar de pensar por cuenta propia y aceptar sin reservas lo que dice el partido, incluso cuando ello contradice valores morales, éticos y cívicos fundamentales. Lo malo es entregarle la conciencia al partido y perder la libertad.

El problema del ¨partidismo¨es particularmente grave en un país donde el Derecho, el Estado y sus instituciones no han alcanzado autonomía frente al partido o los partidos, que los controlan y se presentan como los únicos garantes de la seguridad ciudadana. En lugar de que el partido exista para servir al pueblo, el pueblo existe para servir al partido. En nuestros países la cultura política del pueblo, surgida del caudillismo y la dictadura, que convirtió incluso al sistema de justicia en parte de su maquinaria, está muy inclinada al partidismo. Detrás del partido casi siempre ha estado, como en el cuento, la voz todopoderosa y controladora del ¨jefe¨. La libertad de conciencia se ha pagado literalmente muchas veces en la República Dominicana con la cabeza. De modo que la alternativa muchas veces ha sido o que tú rindas tu cabeza, o que te la corten. La vida de las hermanas Mirabal y de tantos otros en el trujillato, la del coronel Rafael Fernández Domínguez en la REvolución de Abril, son dignos ejemplos de aquellas y aquellos valientes que prefirieron perder la cabeza a entregarla. Aquellos que dicidieron no colocar en sus conciencias la placa en la que se leía: En esta casa Trujillo es el jefe¨.

Hay varios desarrollos que se están dando en la República Dominicana que apuntan a la creación de una nueva cultura política que supere el ¨partidismo¨. Entre éstos podemos señalar:
a) el proceso de construcción de la democracia.
b) la consolidación de un Estado de Derecho.
c) la institucionalización de diversos servicios y agencias del Estado.
d) la existencia electoral de tres grandes partidos políticos y de muchos otros.
e) la presencia de una creciente sociedad civil en el espacio público.
f) el que los partidos principales se turnan en el gobierno y ninguno tiene el monopolio del electorado.
g) la existencia de una gran cantidad de electores que no se entregan incondicionalmente a ninguno de ellos.

Pero todavía hay mucho de partidismo y fanatismo por superar.

La manera más importante quizá sea, como quería Hostos y Bosh, que nos eduquemos en los valores y principios de la democracia y que desarrollemos una conciencia ética y cívica democrática. El punto de partida para la formación de esta conciencia es el fomentar la libertad de conciencia y el valor de defenderla. Ello implica crear en nuestras aulas y escuelas una cultura de diálogo respetuosa de las diversas formas de pensar y ser de las personas. Tenemos que comenzar por nosotros mismos en la superación del partidismo.¨

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